sábado, 25 de abril de 2009

El e-mail


Un hombre pierde su trabajo. Luego de bus-
car varios meses, se entera de que en Microsoft
necesitan barrenderos. El gerente de relaciones
industriales le pregunta sus datos, lo observa
barrer, lo felicita y le dice: “El puesto es suyo.
Deme su e-mail, para informarle el día y la hora
en que deberá presentarse”.

El hombre, desconsolado, contesta que no
tiene e-mail, y el gerente de relaciones indus-
triales le dice que lo lamenta mucho pero que si
no tiene e-mail, virtualmente no existe, y que,
como no existe, no le puede dar el trabajo.

El hombre sale desesperado, no sabe qué
hacer y sólo tiene $250 en el bolsillo. Enton-
ces decide ir al mercado de abastecimiento de
frutas y verduras y compra un cajón de tomates
de 10 kg. Se va de casa en casa vendiendo
el kilo de tomates a $50. En menos de dos ho-
ras ha duplicado su dinero; repite la opera-
____

ción otras tres veces, cena en un pequeño res-
taurante y vuelve a casa con $150.

Se da cuenta de que de esa forma puede so-
brevivir, y cada día sale más temprano y vuelve
más tarde. Así duplica, triplica y hasta cuadri-
plica el dinero en un solo día. Con un poco de
suerte logra comprar una camioneta, que un año
después cambia por un camión; a los tres años,
ya tiene una pequeña flota de transporte.

Luego de cinco años, el buen hombre es
dueño de una de las principales distribuidoras
de alimentos del país. Entonces recibe a un
agente de seguros y, al terminar la conversa-
ción, este le pide al empresario que le dé su
dirección electrónica para enviarle la póliza. El
hombre contesta que no tiene e-mail, y el agente
le dice:

—Si usted no tiene e-mail y llegó a construir
este imperio, no quiero imaginarme lo que sería
si lo tuviera.

Y el buen hombre replica:

—Sería barrendero de Microsoft.



Moraleja 1. Internet no te soluciona la vida
Moraleja 2. Si trabajas por tu cuenta y tienes
suerte, puedes ser millonario.

Moraleja 3. Si quieres ser barrendero de Mi-
crosoft, es mejor tener e-mail.

Corolario. Si este mensaje te llega por e-mail,
es muy probable que estés más cerca de ser barren-
dero de Microsoft que multimillonario.


domingo, 12 de abril de 2009

El árbol de manzanas


Este era un enorme árbol de manzanas al cual un niño amaba mucho. Todos los días jugaba a su alrededor, trepaba hasta el tope, comía sus frutos y tomaba la siesta bajo su sombra. El árbol también lo quería mucho. Pasó el tiempo, el niño creció y no volvió a jugar alrededor del árbol. Un día regresó y escuchó que este le decía con cierta tristeza: —¿Vienes a jugar conmigo? Pero el muchacho contestó: —Ya no soy el niño de antes que juega alre- dedor de los árboles. Ahora quiero tener ju- guetes, y necesito dinero para comprarlos. —Lo siento —dijo el árbol—. No tengo di- nero, pero te sugiero que tomes todas mis manzanas y las vendas; así podrás comprar tus juguetes. El muchacho tomó las manzanas, obtuvo el dinero y se sintió feliz. También el árbol fue feliz, pero el muchacho no volvió. Tiempo después, cuando regresó, el árbol le preguntó: —¿Vienes a jugar conmigo? —No tengo tiempo para jugar; debo trabajar para mi familia y necesito una casa para mi esposa e hijos. ¿Puedes ayudarme? —Lo siento —repuso el árbol—. No tengo una casa, pero puedes cortar mis ramas y cons- truir tu casa. El hombre cortó todas las ramas del árbol, que se sintió feliz, y no volvió. Cierto día de un cálido verano, regresó. El árbol estaba en- cantado. —¿Vienes a jugar conmigo? —le preguntó. —Me siento triste, estoy volviéndome viejo. Quiero un bote para navegar y descansar, ¿puedes dármelo? El árbol contestó: —Usa mi tronco para construir uno; así podrás navegar y serás feliz. El hombre cortó el tronco, construyó su bo- te y se fue a navegar por un largo tiempo. Re- gresó después de muchos años y el árbol le dijo: —Lo siento mucho, pero ya no tengo nada que darte, ni siquiera manzanas. El hombre replicó: —No tengo dientes para morder ni fuerzas para escalar, ya estoy viejo. Entonces el árbol, llorando, le dijo: —Realmente no puedo darte nada. Lo único que me queda son mis raíces muertas. Y el hombre contestó: —No necesito mucho ahora, sólo un lugar para reposar. Estoy cansado después de tantos años... —Bueno —dijo el árbol—, las viejas raíces de un árbol son el mejor lugar para recostarse y descansar. Ven, siéntate conmigo y descansa. El hombre se sentó junto al árbol y este, alegre y risueño, dejó caer algunas lágrimas.

Esta es la historia de cada uno de nosotros: el árbol son nuestros padres. De niños, los amamos y jugamos con ellos. Cuando crecemos los dejamos solos; regresamos a ellos cuando los necesitamos, o cuando estamos en problemas. No importa lo que sea, siempre están allí pura darnos todo lo que puedan y hacernos felices. Usted puede pensar que el muchacho es cruel con el árbol, pero ¿no es así como tratamos a veces a nuestros padres.

sábado, 11 de abril de 2009

Copos de nieve


Dos pájaros estaban posados sobre una rama durante una nevada, y se pusieron a conversar: —Dime, ¿cuánto pesa un copo de nieve? — le preguntó el pájaro carbonero a la paloma salvaje. —Casi nada —fue la respuesta. —En tal caso, antes de irme déjame contarte una maravillosa historia —replicó el carbonero. Al empezar este invierno me posé sobre la rama de un abeto. No era un duro invierno, y como no tenía otra cosa que hacer, me puse a contar los copos de nieve que se iban asentando en las ramitas y en las hojas de mi tallo. Su número exacto fue 3.741.952. Cuando el último copo de nieve se depositó sobre la rama, sin que nada pasara, esta se partió —dijo el pájaro, y se alejó volando. La paloma estuvo reflexionando un rato sobre esa historia y por fin se dijo: —Quizá sólo haga falta la voz de una per- sona más para que la paz llegue al mundo.

Esta narración de Joseph Jarowski nos sirve para reflexionar sobre el hecho de que el dirigente se compone de una sama de valores y conductas que se acumulan e integran en un todo denominado liderazgo hacia el servicio. El relato es también conveniente para seña- lar que todos podemos, de una manera u otra, construir poco a poco y simultáneamente un liderazgo hacia la paz. Todos los copos suman: los proyectos sociales, los foros sobre la conviven- cia, el “ya no más”, las diversas acciones ten- dientes a promover la tolerancia y el desarme de los espíritus, los talleres de solidaridad, las ac- ciones cívicas, las ONGs en lucha por los dere- chos humanos... Bajo esta nueva perspectiva, sincronizar los anhelos con los medios y las acciones para la paz es crear una sinergia de innegable impacto en la vida del país.

Los cien días del plebeyo


Una bella princesa estaba buscando consorte. Nobles y ricos pretendientes llegaban de todas partes con maravillosos regalos: joyas, tierras, ejércitos, tronos... Entre los candidatos se encontraba un joven plebeyo que no tenía más riquezas que el amor y la perseverancia. Cuando le llegó el momento de hablar, dijo: —Princesa, te he amado toda la vida. Como soy un hombre pobre y no tengo tesoros para darte, te ofrezco mi sacrificio como prueba de amor. Estaré cien días sentado bajo tu ventana, sin más alimentos que la lluvia y sin más ropas que las que llevo puestas. Esa será mi dote. La princesa, conmovida por semejante gesto de amor, decidió aceptar: —Tendrás tu oportunidad: si pasas esa prue- ba, me desposarás. Así pasaron las horas y los días. El preten- diente permaneció afuera del palacio, soportan- do el sol, los vientos, la nieve y las noches he- ladas. Sin pestañear, con la vista fija en el balcón de su amada, el valiente súbdito siguió firme en su empeño sin desfallecer un momento. De vez en cuando la cortina de la ventana real dejaba traslucir la esbelta figura de la prin- cesa, que con un noble gesto y una sonrisa aprobaba la faena. Todo iba a las mil maravi- llas, se hicieron apuestas y algunos optimistas comenzaron a planear los festejos. Al llegar el día noventa y nueve, los pobla- dores de la zona salieron a animar al próximo monarca. Todo era alegría y jolgorio, pero cuando faltaba una hora para cumplirse el plazo, ante la mirada atónita de los asistentes y la perplejidad de la princesa, el joven se levantó y, sin dar explicación alguna, se alejó lentamente del lugar donde había permanecido cien días. Unas semanas después, mientras deambula- ba por un solitario camino, un niño de la co- marca lo alcanzó y le preguntó a quemarropa: —¿Qué te ocurrió? Estabas a un paso de lograr la meta, ¿por qué perdiste esa oportunidad? ¿Por qué te retiraste? Con profunda consternación y lágrimas mal disimuladas, el plebeyo contestó en voz baja: —La princesa no me ahorró ni un día de sufrimiento, ni siquiera una hora. No merecía mi amor.

Cuando estamos dispuestos a dar lo mejor de nosotros mismos como prueba de afecto o lealtad, incluso a riesgo de perder nuestra dignidad, merecemos al menos una palabra de comprensión o estímulo. Las personas tienen que hacerse merecedoras del amor que se les ofrece.

viernes, 10 de abril de 2009

Asamblea en la carpinteria


Hubo en la carpintería una extraña asamblea;
las herramientas se reunieron para arreglar sus
diferencias. El martillo fue el primero en ejer-
cer la presidencia, pero la asamblea le notificó
que debía renunciar. ¿La causa? Hacía dema-
siado ruido, y se pasaba el tiempo golpeando.

El martillo reconoció su culpa, pero pidió
que fuera expulsado el tornillo: había que darle
muchas vueltas para que sirviera de algo.
El tornillo aceptó su retiro, pero a su vez pi-
dió la expulsión de la lija: era muy áspera en su
trato y siempre tenía fricciones con los demás.

La lija estuvo de acuerdo, con la condición
de que fuera expulsado el metro, pues se la
pasaba midiendo a los demás, como si el fuera
perfecto.

En eso entró el carpintero, se puso el delan-
tal e inició su trabajo, utilizando alternativa-
mente el martillo, la lija, el metro y el tornillo.
Al final, el trozo de madera se había
convertido en un lindo mueble.

Cuando la carpintería quedó sola otra vez, la
asamblea reanudó la deliberación. Dijo el
serrucho: “Señores, ha quedado demostrado
que tenemos defectos, pero el carpintero trabaja
con nuestras cualidades. Eso es lo que nos hace
valiosos. Así que no pensemos ya en nuestras
flaquezas, y concentrémonos en nuestras
virtudes”. La asamblea encontró entonces que
el martillo era fuerte, el tornillo unía y daba
solidez, la lija limaba asperezas y el metro era
preciso y exacto. Se sintieron como un equipo
capaz de producir hermosos muebles, y sus di-
ferencias pasaron a segundo plano.

Cuando el personal de un equipo de trabajo suele buscar defectos en los demás, la situación se vuelve tensa y negativa. En cambio, al tratar con sinceridad de percibir los puntos fuertes de los demás, florecen los mejores logros. Es fácil encontrar defectos—cualquier necio puede hacerlo—, pero encontrar cualidades es una labor para los espíritus superiores que son capaces de inspirar el éxito de los demás.

jueves, 2 de abril de 2009

No las hemos de olvidar...

Nuestra Argentina - Aurelio Agustín Pernas

La decisión y el atino de todo el pueblo criollo
que en invasiones inglesas los demostró con fervor,
dando de sí lo mas noble porque así lo hubo entendido
sin importarle el peligro ni los riesgos que sorteó,
cristalizaron la patria que hoy tenemos nosotros
legando a sus propios hijos una excelente lección,
la misma que han absorbido todas las generaciones
haciéndola carne propia por su ejemplo y su valor.

Hoy el pueblo continúa con vocación de grandeza
pujando con entereza por su identificación,
lo hace dándolo todo,defiende las causas justas,
sostiene todo lo suyo con gallardía y tesón,
sufre la acción de intereses que asolan a la región
y lo anhelan dividido para su dominación,
busca apoyo en sus raíces, quiere llegar a la unión
de todos los argentinos basándose en la razón.

La unión ha de concretarla si existe la convicción
de que¡Argentina es su líder! y el pueblo su servidor,
para alcanzar de este modo la paz,que es preciado don,
la que anida en los humanos cuando se les brinda amor;
por ello es que hoy en día debemos concientizarnos
que la patria se la cuida según nuestro proceder
y en la medida que todos por ella nos preocupemos
se hará esa Argentina grande que creemos merecer.

Como al fin nuestra Argentina está formada por nosotros,
estando ella dentro nuestro y en todo el alrededor,
somos un trozo de patria y la patria somos todos,
polvo argentino que anda para sostener su honor;
es por ello que en forma diaria y desde nuestro escalón
le debemos construir su destino de bonanza,
dándole la fuerza ética al cumplir nuestra labor
para que pueda alcanzar nuestra mejor esperanza.

Bandera amada - Aurelio Agustín Pernas

La atracción de tus gracias me fascina,
el azul celestial llega y me envuelve,
tu blanco inmaculado me conmueve
y el oro de tu sol me regocija.

Eres la fuente de mi bien primero,
la imagen del edén que tanto ansío,
la luz que me permite seguir vivo,
la pasión del sentir que tanto quiero.

Tan profundo y sutil es el encanto
que si te hicieran mal me angustiaría
y si viera tus triunfos, gozaría.

Nada me tienes que dar pues, yo te amo,
tu creas mi ilusión, mi fantasía
y el don que me alimenta cada día.

miércoles, 1 de abril de 2009

Almas de Malvinas - Aurelio Agustín Pernas

Su cielo insondable, sus costas inmensas,
sus olas que rompen y luego desploman,
sus vientos que vibran y música toman,
guardan en su seno sensasiones tensas.

Al rozar sus cuerpos, al gustar su aliento
y al guardar a aquellos con celo en el alma,
actúan cual dique que trae la calma,
mitigando todo nuestro sufrimiento.

Sus gotas de lluvia les siembran colores
y el sol de la tarde traspasa sus brumas
¡mientras almas criollas protegen sus flores!

Carecen de su hado que pone armonía,
el blanco y celeste, por eso esas almas
anhelan y esperan librarlas un día.

Compatriotas Malvinenses - Aurelio Agustín Pernas

En mil ocho treinta y tres
vivía placidamente
un poblado en las Malvinas
compuesto por buena gente.

Pero llegaron soldados
que con fuerza y sin razón
sometieron con fiereza
a toda la población.

Sin respetar sus derechos,
sin escuchar su opinión,
a los criollos, con desprecio,
echaron en la ocasión.

Un puñado de extranjeros
fue poniendo pie en las islas
y en este suelo argentino
tuvieron hijos e hijas.

Estos hoy son argentinos
que habitan esa región
y están ellos protegidos
por nuestra Constitución.

Sólo nos queda rogar
con fe, ahinco y tesón
para recobrar las islas
y a toda la población.

lunes, 30 de marzo de 2009

Fijar metas altas

Un maestro quería enseñarles una lección especial a sus alumnos, y para ello les dio la oportunidad de escoger entre tres exámenes: uno de cincuenta preguntas, uno de cuarenta y uno de treinta.
A los que escogieron el de treinta les puso una “C”, sin importar que hubieran contestado correctamente todas las preguntas. A los que escogieron el de cuarenta les puso una “B”, aun cuando más de la mitad de las respuestas estuviera mal. Y a los que escogieron el de cincuenta les
puso una “A”, aunque se hubieran equivocado en casi todas.

Como los estudiantes no entendían nada, el maestro les explicó:

“Queridos alumnos: permítanme decirles que yo no estaba examinando sus conocimientos, sino su voluntad de apuntar a lo alto”.

Cuando le apuntamos a lo alto, estamos más cerca de nuestros sueños que si nos conformamos con pequeños objetivos.

miércoles, 25 de marzo de 2009

Nada es inútil


Mis ojos están hechos para la luz,
para el verde de la primavera
y para el blanco de la nieve,
para el gris de las nubes y el azul del cielo,
para las estrellas de la noche
y para el increíble milagro
de tantas personas maravillosas
que me rodean.

Mi boca está hecha para la palabra,
para cada palabra amable que el otro espera.
Mis labios están hechos para un beso
y las manos para la ternura,
para el consuelo y la ayuda del pobre.
Mis pies están hechos para el camino
que conduce a los desamparados.

Mi corazón está hecho para el amor
y el afecto hacia los que tienen frío
y viven en soledad.
Mi cuerpo está hecho para la intimidad
con los demás.
Sin cuerpo, ¿dónde estaría?

Nada es inútil.
Todo tiene un profundo significado.
Entonces, ¿por qué…
…no soy feliz?
…tengo los ojos cerrados?
…mi boca está llena de amargura?
…mis manos son como un dique
y mi corazón se ha vuelto árido?

¿Aún no he entendido
que estoy hecho para la alegría?

domingo, 22 de marzo de 2009

Retrato de un perseverante


La historia dice que este hombre fracasó en los negocios y cayó en bancarrota en 1831. Fue derrotado para la Legislatura de 1832. Su prometida murió en 1835. Sufrió un colapso nervioso en 1836. Fue vencido en las elecciones de 1836 y en las parlamentarias de 1843,1846, 1848 y 1855. No tuvo éxito en su aspiración a la Vicepresidencia en 1856, y en 1858 fue derrotado en las elecciones para el Senado.

Este hombre obstinado fue Abraham Lincoln, elegido presidente de Estados Unidos en 1860.

La lección es muy sencilla: sólo se fracasa cuando se deja de intentar.

viernes, 6 de marzo de 2009

Lluvia - Federico Garcia Lorca


Enero de 1919
(Granada)


La lluvia tiene un vago secreto de ternura,
algo de soñolencia resignada y amable,
una música humilde se despierta con ella
que hace vibrar el alma dormida del paisaje.

Es un besar azul que recibe la Tierra,
el mito primitivo que vuelve a realizarse.
El contacto ya frío de cielo y tierra viejos
con una mansedumbre de atardecer constante.

Es la aurora del fruto. La que nos trae las flores
y nos unge de espíritu santo de los mares.
La que derrama vida sobre las sementeras
y en el alma tristeza de lo que no se sabe.

La nostalgia terrible de una vida perdida,
el fatal sentimiento de haber nacido tarde,
o la ilusión inquieta de un mañana imposible
con la inquietud cercana del color de la carne.

El amor se despierta en el gris de su ritmo,
nuestro cielo interior tiene un triunfo de sangre,
pero nuestro optimismo se convierte en tristeza
al contemplar las gotas muertas en los cristales.

Y son las gotas: ojos de infinito que miran
al infinito blanco que les sirvió de madre.

Cada gota de lluvia tiembla en el cristal turbio
y le dejan divinas heridas de diamante.
Son poetas del agua que han visto y que meditan
lo que la muchedumbre de los ríos no sabe.

¡Oh lluvia silenciosa, sin tormentas ni vientos,
lluvia mansa y serena de esquila y luz suave,
lluvia buena y pacifica que eres la verdadera,
la que llorosa y triste sobre las cosas caes!

¡Oh lluvia franciscana que llevas a tus gotas
almas de fuentes claras y humildes manantiales!
Cuando sobre los campos desciendes lentamente
las rosas de mi pecho con tus sonidos abres.

El canto primitivo que dices al silencio
y la historia sonora que cuentas al ramaje
los comenta llorando mi corazón desierto
en un negro y profundo pentágrama sin clave.

Mi alma tiene tristeza de la lluvia serena,
tristeza resignada de cosa irrealizable,
tengo en el horizonte un lucero encendido
y el corazón me impide que corra a contemplarte.

¡Oh lluvia silenciosa que los árboles aman
y eres sobre el piano dulzura emocionante;
das al alma las mismas nieblas y resonancias
que pones en el alma dormida del paisaje!

sábado, 21 de febrero de 2009

Diez mandamientos para escribir con estilo - Friedrich Nietzsche

  1. Lo que importa más es la vida: el estilo debe vivir.
  2. El estilo debe ser apropiado a tu persona, en función de una persona determinada a la que quieres comunicar tu pensamiento.
  3. Antes de tomar la pluma, hay que saber exactamente cómo se expresaría de viva voz lo que se tiene que decir. Escribir debe ser sólo una imitación.
  4. El escritor está lejos de poseer todos los medios del orador. Debe, pues, inspirarse en una forma de discurso muy expresiva. Su reflejo escrito parecerá de todos modos mucho más apagado que su modelo.
  5. La riqueza de la vida se traduce por la riqueza de los gestos. Hay que aprender a considerar todo como un gesto: la longitud y la cesura de las frases, la puntuación, las respiraciones; También la elección de las palabras, y la sucesión de los argumentos.
  6. Cuidado con el período. Sólo tienen derecho a él aquellos que tienen la respiración muy larga hablando. Para la mayor parte, el período es tan sólo una afectación.
  7. El estilo debe mostrar que uno cree en sus pensamientos, no sólo que los piensa, sino que los siente.
  8. Cuanto más abstracta es la verdad que se quiere enseñar, más importante es hacer converger hacia ella todos los sentidos del lector.
  9. El tacto del buen prosista en la elección de sus medios consiste en aproximarse a la poesía hasta rozarla, pero sin franquear jamás el límite que la separa.
  10. No es sensato ni hábil privar al lector de sus refutaciones más fáciles; es muy sensato y muy hábil, por el contrario, dejarle el cuidado de formular él mismo la última palabra de nuestra sabiduría.

miércoles, 18 de febrero de 2009

¿Puedes? - Stephen King

¿Puedes, Paulie?

Sí. Así es como sobrevivo. Así es como me las he arreglado para mantener casas en Nueva York y en Los Angeles, y más autos de los que hay en algunos lotes de usados. Porque yo puedo, y no es algo por lo que deba pedir disculpas, maldito sea. Hay mucha gente que escribe una prosa mejor que la mía y que tiene una comprensión más profunda de lo que es la gente y de lo que significa humanidad... eso lo sé perfectamente. Pero cuando el maestro preguntaba ¿Lo hizo? sobre esos chicos, a veces, muy pocas manos se levantaban. Pero levantaban las manos con entusiasmo cuando se trataba de mí... o de Misery... y en el fondo creo que son lo mismo. ¿Puedo? Sí. Pueden apostar a que sí. Hay un millón de cosas en el mundo que no puedo. No puedo hacer un buen lanzamiento en el béisbol, nunca pude, ni cuando iba al colegio. No puedo cambiarle el cuerito a una canilla. No puedo andar en patines, ni sacarle un acorde que suene decente en una guitarra. Dos veces traté de ser un hombre casado y no pude ninguna de las dos veces. Pero si quieren que los interese o los asuste o los haga llorar o sonreír, sí. Eso puedo. Puedo llevarlos conmigo y no soltarlos hasta que me dé la gana. Soy capaz. PUEDO.

La vos de pistolero insolente de la máquina de escribir susurró en su sueño que se hacía más profundo:

Lo que tenemos aquí, amigos, es una gran cantidad de dos cosas: egolatría y página en blanco.

¿Puedes?

Sí. ¡Sí!

¿Lo hizo?

No. Hizo trampa. En El hijo de Misery el médico no llegaba a tiempo. Es posible que la mayoría de ustedes haya olvidado lo que pasó la semana pasada, pero el ídolo de piedra nunca lo olvida. Paul tiene que salir del círculo. Perdónenme, por favor. Ahora debo enjuagar. Ahora debo...

lunes, 16 de febrero de 2009

Divina Comedia (fragmento del Purgatorio) - Dante Alighieri

CANTO XXIX



Cantando cual mujer enamorada,

al terminar de hablar continuó:

‘Beati quorum tacta sunt peccata.' 3[L930]



Y cual las ninfas que marchaban solas

por las sombras selváticas, buscando

cuál evitar el sol, cuál recibirlo, 6



se dirigió hacia el río, caminando

por la ribera; y yo al compás de ella,

siguiendo lentamente el lento paso. 9



Y ciento ya no había entre nosotros,

cuando las dos orillas dieron vuelta,

y me quedé mirando hacia levante. 12



Tampoco fue muy largo así el camino,

cuando a mí la mujer se dirigió,

diciendo: «Hermano mío, escucha y mira.» 15



Y se vio un resplandor súbitamente

por todas partes de la gran floresta,

que acaso yo pensé fuera un relámpago. 18



Pero como éste igual que viene, pasa,

y aquel, durando, más y más lucía,

decía para mí. «¿Qué cosa es ésta;?» 21



Resonaba una dulce melodía

por el aire esplendente; y con gran celo

yo a Eva reprochaba de su audacia, 24



pues donde obedecían cielo y tierra,

tan sólo una mujer, recién creada,

no consintió vivir con velo alguno; 27



bajo el cual si sumisa hubiera estado,

habría yo gozado esas delicias

inefables, aún antes y más tiempo. 30



Mientras yo caminaba tan absorto

entre tantas primicias del eterno

placer, y deseando aún más deleite, 33



cual un fuego encendido, ante nosotros

el aire se volvió bajo el ramaje;

y el dulce son cual canto se entendía. 36



Oh sacrosantas vírgenes, si fríos 37[L931]

por vosotras sufrí, vigilias y hambres,

razón me urge que a favor os mueva. 39



El manar de Helicona necesito,

y que Urania me inspire con su coro

poner en verso cosas tan abstrusas. 42



Más adelante, siete árboles áureos 43[L932]

falseaba en la mente el largo trecho

del espacio que había entre nosotros; 45



pero cuando ya estaba tan cercano

que el objeto que engaña los sentidos

ya no perdía forma en la distancia, 48



la virtud que prepara el intelecto, 48[L933]

me hizo ver que eran siete candelabros,

y Hosanna era el cantar de aquellas voces. 51



Por encima el conjunto flameaba

más claro que la luna en la serena 53[L934]

medianoche en el medio de su mes. 54



Yo me volví de admiración colmado

al bueno de Virgilio, que repuso

con ojos llenos de estupor no menos. 57



Volví la vista a aquellas maravillas

que tan lentas venían a nosotros,

que una recién casada las venciera. 60



La mujer me gritó: «¿Por qué contemplas

con tanto ardor las vivas luminarias,

y lo que viene por detrás no miras?» 63



Y tras los candelabros vi unas gentes

venir despacio, de blanco vestidas;

y tanta albura aquí nunca la vimos. 66



Brillaba el agua a nuestro lado izquierdo,

el izquierdo costado devolviéndome,

si se miraba en ella cual espejo. 69



Cuando estuve en un sitio de mi orilla,

que sólo el río de ellos me apartaba,

para verles mejor detuve el paso, 72



y vi las llamas que iban por delante

dejando tras de sí el aire pintado,

como si fueran trazos de pinceles; 75



de modo que en lo alto se veían

siete franjas, de todos los colores

con que hace el arco el Sol y Delia el cinto. 78[L935]



Los pendones de atrás eran más grandes

que mi vista; y diez pasos separaban,

en mi opinión, a los de los extremos 81[L936]



Bajo tan bello cielo como cuento,

coronados de lirios, veinticuatro 83[L937]

ancianos avanzaban por parejas. 84



Cantaban: «Entre todas Benedicta

las nacidas de Adán, y eternamente

benditas sean las bellezas tuyas.» 87



Después de que las flores y la hierba,

que desde el otro lado contemplaba,

se vieron libres de esos elegidos, 90



como luz a otra luz sigue en el cielo,

cuatro animales por detrás venían, 92[L938]

de verde fronda todos coronados. 93



Seis alas cada uno poseía;

con ojos en las plumas; los de Argos

tales serían, si vivo estuviese. 96



A describir su forma no dedico

lector, más rimas, pues que me urge otra

tarea, y no podría aquí alargarme; 99



pero léete a Ezequiel, que te lo pinta

como él los vio venir desde la fría

zona, con viento, con nubes, con fuego; 102



y como lo verás en sus escritos,

tales eran aquí, salvo en las plumas;

Juan se aparta de aquel y está conmigo. 105



En el espacio entre los cuatro había,

sobre dos ruedas, un carro triunfal,

que de un grifo venía conducido. 108[L939]



Hacia arriba tendía las dos alas

entre la franja que había en el centro

y las tres y otras tres, mas sin tocarlas. 111[L940]



Subían tanto que no se veían;

de oro tenía todo lo de pájaro,

y blanco lo demás con manchas rojas. 114[L941]



No sólo Roma en carro tan hermoso 115[L942]

no honrase al Africano, ni aun a Augusto,

mas el del sol mezquino le sería; 117



aquel del sol que ardiera, extraviado,

por petición de la tierra devota,

cuando fue Jove arcanarnente justo. 120



Tres mujeres en círculo danzaban

en el lado derecho; una de rojo,

que en el fuego sería confundida; 123[L943]



otra cual si los huesos y la carne

hubieran sido de esmeraldas hechos;

cual purísima nieve la tercera; 126



y tan pronto guiaba la de blanco,

tan pronto la de rojo; y a su acento

caminaban las otras, raudas, lentas. 129



Otras cuatro a la izquierda solazaban, 130[L944]

de púrpura vestidas, con el ritmo

de una de ellas que tenía tres ojos. 132



Detrás de todo el nudo que he descrito

vi dos viejos de trajes desiguales,

mas igual su ademán grave y honesto. 135



Uno se parecía a los discípulos 136[L945]

de Hipócrates, a quien natura hiciera

para sus animales más queridos; 138



contrario afán el otro demostraba 139[L946]

con una espada aguda y reluciente,

tal que me amedrentó desde mi orilla. 141



Luego vi cuatro de apariencia humilde; 142[L947]

y de todos detrás un viejo solo,

que venía durmiendo, iluminado. 144[L948]



Y estaban estos siete como el grupo

primero ataviados, mas con lirios

no adornaban en torno sus cabezas, 147



sino con rosas y bermejas flores; 148[L949]

se juraría, aun vistas no muy lejos,

que ardían por encima de los ojos. 150



Y cuando el carro tuve ya delante,

un trueno se escuchó, y las dignas gentes

parecieron tener su andar vedado, 153

y se pararon junto a las enseñas.

Divina Comedia (fragmento del Purgatorio) - Dante Alighieri

CANTO XXX

Y cuando el septentrión del primer cielo, 1
[L950]
que no sabe de ocaso ni de orto;
ni otra niebla que el velo de la culpa, 3

y que a todos hacía sabedores
de su deber, como hace aquí el de abajo
al que gira el timón llegando a puerto, 6

inmóvil se quedó: la gente santa
que entre el grito y aquel primero
vino, como a su paz se dirigió hacia el carro; 9

y uno de ellos, del cielo mensajero, 10
[L951]
'Veni sponsa de Libano’, cantando
gritó tres veces, y después los otros. 12

Cual los salvados al último bando 13
[L952]
prestamente alzarán de su caverna,
aleluyando en voces revestidas, 15

sobre el divino carro de tal forma
cien se alzaron, ad vocem tanti senis, 17
[L953]
ministros y enviados del Eterno. 18

'¡Benedictus qui venis!' entonaban, 19
[L954]
tirando flores por todos los lados
'¡Manibus, oh, date ilia plenis' 21
[L955]

Yo he visto cuando comenzaba el día
rosada toda la región de oriente,
bellamente sereno el demás cielo; 24

y aún la cara del sol nacer en sombras,
tal que, en la tibiedad de los vapores,
el ojo le miraba un largo rato: 27

lo mismo dentro de un turbión de flores
que de manos angélicas salía,
cayendo dentro y fuera: coronada, 30

sobre un velo blanquísimo, de olivo,
contemplé una mujer de manto verde
vestida del color de ardiente llama. 33

Y el espíritu mío, que ya tanto 34
[L956]
tiempo había pasado que sin verla
no estaba de estupor, temblando, herido, 36

antes de conocerla con los ojos,
por oculta virtud de ella emanada,
sentió del viejo amor el poderío. 39

Nada más que en mi vista golpeó
la alta virtud que ya me traspasara
antes de haber dejado de ser niño, 42
[L957]

me volví hacia la izquierda como corre
confiado el chiquillo hacia su madre
cuando está triste o cuando tiene miedo, 45

por decir a Virgilio: «Ni un adarme
de sangre me ha quedado que no tiemble:
conozco el signo de la antigua llama.» 48

Mas Virgilio privado nos había
de sí, Virgilio, dulcísimo padre,
Virgilio, a quien me dieran por salvarme; 51
[L958]

todo lo que perdió la madre antigua,
no sirvió a mis mejillas que, ya limpias, 53
[L959]
no se volvieran negras por el llanto. 54

«Dante, porque Virgilio se haya ido 55
[L960]
tú no llores, no llores todavía;
pues deberás llorar por otra espada.» 57

Cual almirante que en popa y en proa
pasa revista a sus subordinados
en otras naves y al deber les llama; 60

por encima del carro, hacia la izquierda,
al volverme escuchando el nombre mío,
que por necesidad aquí se escribe, 63

vi a la mujer que antes contemplara
oculta bajo el angélico halago,
volver la vista a mí de allá del río. 66

Aunque el velo cayendo por el rostro,
ceñido por la fronda de Minerva, 68
[L961]
no me dejase verla claramente, 69

con regio gesto todavía altivo
continuó lo mismo que quien habla
y al final lo más cálido reserva: 72

«¡Mírame bien!, soy yo, sí, soy Beatriz,
¿cómo pudiste llegar a la cima?
¿no sabías que el hombre aquí es dichoso?» 75
[L962]

Los ojos incliné a la clara fuente;
mas me volvía a la yerba al reflejarme,
pues me abatió la cara tal vergüenza. 78

Tan severa cree el niño que es su madre,
así me pareció; puesto que amargo
siente el sabor de la piedad acerba. 81

Ella calló; y los ángeles cantaron
de súbito: 'in te, Domine, speravi'; 83
[L963]
pero del ‘pedes meos’ no siguieron. 84

Como la nieve entre los vivos troncos
en el dorso de Italia se congela,
azotada por vientos boreales, 87

luego, licuada, en sí misma rezuma,
cuando la tierra sin sombra respira,
y es como el fuego que funde una vela; 90

mis suspiros y lágrimas cesaron
antes de aquel cantar de los que cantan
tras de las notas del girar eterno; 93
[L964]

mas luego que entendí que el dulce canto
se apiadaba de mí, más que si dicho
hubiese: «Mujer, por qué lo avergüenzas», 96

el hielo que en mi pecho se apretaba,
se hizo vapor y agua, y con angustia
se salió por la boca y por los ojos. 99

Ella, parada encima del costado
dicho del carro, a las sustancias pías 101
[L965]
dirigió sus palabras de este modo: 102

«Veláis vosotros el eterno día,
sin que os roben ni el sueño ni la noche
ningún paso del siglo en su camino; 105

así pues más cuidado en mi respuesta
pondré para que entienda aquel que llora,
e igual medida culpa y duelo tengan. 108

No sólo por efecto de las ruedas
que a cada ser a algún final dirigen
según les acompañen sus estrellas, 111

mas por largueza de gracia divina, 112
[L966]
que en tan altos vapores hace lluvia,
que no pueden mirarlos nuestros ojos, 114

ese fue tal en su vida temprana 115
[L967]
potencialmente, que cualquier virtud
maravilloso efecto en él hiciera. 117

Mas tanto más maligno y más silvestre,
inculto y mal sembrado se hace el campo,
cuanto más vigorosa tierra sea. 120

Le sostuve algún tiempo con mi rostro:
mostrándole mis ojos juveniles,
junto a mí le llevaba al buen camino. 123

Tan pronto como estuve en los umbrales
de mi segunda edad y cambié de vida,
de mí se separó y se entregó a otra. 126
[L968]

Cuando de carne a espíritu subí,
y virtud y belleza me crecieron,
fui para él menos querida y grata; 129

y por errada senda volvió el paso,
imágenes de un bien siguiendo falsas,
que ninguna promesa entera cumplen. 132

No me valió impetrar inspiración,
con la cual en un sueño o de otros modos
lo llamase: ¡tan poco le importaron! 135
[L969]

Tanto cayó que todas las razones
para su salvación no le bastaban,
salvo enseñarle el pueblo condenado. 138

Fui por ello a la entrada de los muertos,
y a aquel que le ha traído hasta aquí arriba, 141
le dirigí mis súplicas llorando.

Una alta ley de Dios se habría roto,
si el Leteo pasase y tal banquete
fuese gustado sin ninguna paga 144
del arrepentimiento que se llora.»

Divina Comedia (fragmento del Purgatorio) - Dante Alighieri

CANTO XXXI

«Oh tú que estás de allá del sacro río,
‑dirigiéndome en punta sus palabras,
que aun de filo tan duras parecieron, 3
[L970]

volvió a decir sin pausa prosiguiendo-­
di si es esto verdad, pues de tan seria
acusación debieras confesarte.» 6

Estaba mi valor tan confundido,
que mi voz se movía, y se apagaba
antes que de sus órganos saliera. 9

Esperó un poco, y me dijo: «¿En qué piensas?
respóndeme, pues las memorias tristes
en ti aún no están borradas por el agua.» 12
[L971]

La confusión y el miedo entremezclados
como un «sí» me arrancaron de la boca,
que fue preciso ver para entenderlo. 15

Cual quebrada ballesta se dispara,
por demasiado tensos cuerda y arco,
y sin fuerzas la flecha al blanco llega, 18

así estallé abrumado de tal carga,
lágrimas y suspiros despidiendo,
y se murió mi voz por el camino. 21

«Por entre mis deseos ‑‑dijo ella-
­que al amor por el bien te conducían,
que cosa no hay de aspiración más digna, 24

¿qué fosos se cruzaron, qué cadenas
hallaste tales que del avanzar
perdiste de tal forma la esperanza? 27

¿Y cuál ventaja o qué facilidades
en el semblante de los otros viste, 29
[L972]
para que de ese modo los rondaras?» 30

Luego de suspirar amargamente,
apenas tuve voz que respondiera,
formada a duras penas por los labios. 33

Llorando dije: «Lo que yo veía
con su falso placer me extraviaba
tan pronto se escondió vuestro semblante.» 36

Y dijo: «Si callaras o negases
lo que confiesas, igual se sabría
tu culpa: ¡es tal el juez que la conoce! 39

Mas cuando sale de la propia boca
confesar el pecado, en nuestra corte
hace volver contra el filo la piedra. 42
[L973]

Sin embargo, para que te avergüences
ahora de tu error, y ya otras veces
seas fuerte, escuchando a las sirenas, 45

deja ya la raíz del llanto y oye:
y escucharás cómo a un lugar contrario
debió llevarte mi enterrada carne. 48

Arte o natura nunca te mostraron
mayor placer, cuanto en los miembros donde
me encerraron, en tierra ahora esparcidos; 51

y si el placer supremo te faltaba
al estar muerta, ¿qué cosa mortal
te podría arrastrar en su deseo? 54
[L974]

A las primeras flechas de las cosas
falaces, bien debiste alzar la vista
tras de mí, pues yo no era de tal modo. 57

No te debían abatir las alas,
esperando más golpes, ni mocitas,
ni cualquier novedad de breve uso. 60

El avecilla dos o tres aguarda; 61
[L975]
que ante los ojos de los bien plumados
la red se extiende en vano o la saeta.» 63

Cual los chiquillos por vergüenza, mudos
están con ojos gachos, escuchando,
conociendo su falta arrepentidos, 66

así yo estaba; y ella dijo: «Cuando
te duela el escuchar, alza la barba 68
[L976]
y aún más dolor tendrás si me contemplas.» 69

Con menos resistencia se desgaja
robusta encina, con el viento norte
o con aquel de la tierra de Jarba, 72
[L977]

como el mentón alcé con su mandato;
pues cuando dijo «barba» en vez de «rostro»
de sus palabras conocí el veneno; 75

y pude ver al levantar la cara
que las criaturas que llegaron antes
en su aspersión habían ya cesado; 78

y mis ojos, aún poco seguros,
a Beatriz vieron vuelta hacia la fiera 80
[L978]
que era una sola en dos naturalezas. 81

Bajo su velo y desde el otro margen
a sí misma vencerse parecía,
vencer a la que fue cuando aquí estaba. 84

Me picó tanto el arrepentimiento
con sus ortigas, que enemigas me hizo
esas cosas que más había amado. 87

Y tal reconocer mordióme el pecho,
y vencido caí; y lo que pasara 89
[L979]
lo sabe aquella que la culpa tuvo, 90

Y vi a aquella mujer, al recobrarme, 91
[L980]
que había visto sola, puesta encima
«¡cógete a mí, cógete a mí!» diciendo. 93

Hasta el cuello en el río me había puesto,
y tirando de mí detrás venía,
como esquife ligera sobre el agua. 96

Al acercarme a la dichosa orilla,
«Asperges me» escuché tan dulcemente, 98
[L981]
que recordar no puedo, ni escribirlo. 99

Abrió sus brazos la mujer hermosa;
y hundióme la cabeza con su abrazo
para que yo gustase de aquel agua. 102

Me sacó luego, y mojado me puso
en medio de la danza de las cuatro 104
[L982]
hermosas; cuyos brazos me cubrieron. 105

«Somos ninfas aquí, en el cielo estrellas;
antes de que Beatriz bajara al mundo,
como sus siervas fuimos destinadas. 108

Te hemos de conducir ante sus ojos;
mas a su luz gozosa han de aguzarte
las tres de allí, que miran más profundo.» 111
[L983]

Así empezaron a cantar; y luego
hasta el pecho del grifo me llevaron,
donde estaba Beatriz vuelta a nosotros. 114

Me dijeron: «No ahorres tus miradas;
ante las esmeraldas te hemos puesto
desde donde el Amor lanzó sus flechas.» 117

Mil deseos ardientes más que llamas
mis ojos empujaron a sus ojos
relucientes, aún puestos en el grifo. 120

Lo mismo que hace el sol en el espejo,
la doble fiera dentro se copiaba, 122
[L984]
con una o con la otra de sus formas. 123

Imagina, lector, mi maravilla
al ver estarse quieta aquella cosa,
y en el ídolo suyo transmutarse. 126

Mientras que llena de estupor y alegre
mi alma ese alimento degustaba
que, saciando de sí, aún de sí da ganas, 129

demostrando que de otro rango eran 130
[L985]
en su actitud, las tres se adelantaron,
danzando con su angélica cantiga. 132

«¡Torna, torna, Beatriz, tus santos ojos
‑decía su canción‑ a tu devoto
que para verte ha dado tantos pasos! 135

Por gracia haznos la gracia que desvele
a él tu boca, y que vea de este modo
la segunda belleza que le ocultas.» 138
[L986]


Oh resplandor de viva luz eterna,
¿quién que bajo las sombras del Parnaso
palideciera o bebiera en su fuente, 141
[L987]

no estuviera ofuscado, si tratara
de describirte cual te apareciste
donde el cielo te copia armonizando, 144
cuando en el aire abierto te mostraste? 145
[L988]

Divina Comedia (fragmento del Purgatorio) - Dante Alighieri

CANTO XXXII



Mi vista estaba tan atenta y fija

por quitarme la sed de aquel decenio, 2[L989]

que mis demás sentidos se apagaron. 3



Y topaban en todas partes muros

para no distraerse ‑¡así la santa

sonrisa con la antigua red prendía!‑; 6



cuando a la fuerza me hicieron girar

aquellas diosas hacia el lado izquierdo,

pues las oí decir: «¡Miras muy fijo!»; 9



y la disposición que hay en los ojos

que el sol ha deslumbrado con sus rayos,

sin vista me dejó por algún tiempo. 12



Cuando pude volver a ver lo poco

(digo «lo poco» con respecto al mucho

de la luz cuya fuerza me cegara), 15[L990]



vi que se retiraba a la derecha

el glorioso ejército, llevando

el sol y las antorchas en el rostro. 18[L991]



Cual bajo los escudos por salvarse

con su estandarte el escuadrón se gira,

hasta poder del todo dar la vuelta; 21



esa milicia del celeste reino

que iba delante, desfiló del todo

antes que el carro torciera su lanza. 24



A las ruedas volvieron las mujeres,

y la bendita carga llevó el grifo

sin que moviese una pluma siquiera. 27



La hermosa dama que cruzar me hizo,

Estacio y yo, seguíamos la rueda

que al dar la vuelta hizo un menor arco. 30[L992]



Así cruzando la desierta selva, 31[L993]

culpa de quien creyera a la serpiente,

ritmaba el paso un angélico canto. 33



Anduvimos acaso lo que vuela

una flecha tres veces disparada,

cuando del carro descendió Beatriz. 36



Yo escuché murmurar: «Adán» a todos;

y un árbol rodearon, despojado

de flores y follajes en sus ramas. 39[L994]



Su copa, que en tal forma se extendía

cuanto más sube, fuera por los indios

aun con sus grandes bosques, admirada. 42



«Bendito seas, grifo, porque nada

picoteas del árbol dulce al gusto,

porque mal se separa de aquí el vientre.» 45[L995]



Así en tomo al robusto árbol gritaron

todos ellos; y el animal biforme:

«Así de la virtud se guarda el germen.» 48



Y volviendo al timón del que tiraba,

junto a la planta viuda lo condujo,

y arrimado dejó el leño a su leño. 51[L996]



Y como nuestras plantas, cuando baja

la hermosa luz, mezclada con aquella

que irradia tras de los celestes Peces, 54[L997]



túrgidas se hacen, y después renuevan

su color una a una, antes que el sol

sus corceles dirija hacia otra estrella; 57



menos que rosa y más que violeta 58[L998]

color tomando, se hizo nuevo el árbol,

que antes tan sólo tuvo la enramada. 60



Yo no entendí, porque aquí no usa 61[L999]

el himno que cantaron esas gentes,

ni pude oír la melodía entera. 63



Si pudiera contar cómo durmieron,

oyendo de Siringa, los cien ojos 65[L1000]

a quien tanto costó su vigilancia; 66



como un pintor que pinte con modelo,

cómo me adormecí dibujaría;

mas otro sea quien el sueño finja. 69



Por eso paso a cuando desperté,

y digo que una luz me rasgó el velo

del dormir, y una voz: «¿Qué haces?, levanta.» 72



Como por ver las flores del manzano

que hace ansiar a los ángeles su fruto,

y esponsales perpetuos en el cielo, 75



Pedro, Juan y jacob fueron llevados

y vencidos, tornóles la palabra

que sueños aún más grandes ha quebrado, 78



y se encontraron sin la compañía

tanto de Elías como de Moisés,

y al maestro la túnica cambiada; 81[L1001]



así me recobré, y vi sobre mí

aquella que, piadosa conductora

fue de mis pasos antes junto al río. 84



Y «¿dónde está Beatriz.?», dije con miedo.

Respondió: «Véla allí, bajo la fronda

nueva, sentada sobre las raíces. 87[L1002]



Mira la compañía que la cerca;

detrás del grifo los demás se marchan

con más dulce canción y más profunda.» 90



Y si fueron más largas sus palabras,

no lo sé, porque estaba ante mis ojos

la que otra cualquier cosa me impedía. 93[L1003]



Sola sobre la tierra se sentaba,

como dejada en guardia de aquel carro

que vi ligado a la biforme fiera. 96



En torno suyo un círculo formaban

las siete ninfas, con las siete antorchas

que de Austro y de Aquilón están seguras 99



«Silvano aquí tú serás poco tiempo;

habitarás conmigo para siempre

esa Roma donde Cristo es romano. 102[L1004]



Por eso, en pro del mundo que mal vive,

pon la vista en el carro, y lo que veas

escríbelo cuando hayas retornado.» 105[L1005]



Así Beatríz; y yo que a pie juntillas

me encontraba sumiso a sus mandatos,

mente y ojos donde ella quiso puse. 108



De un modo tan veloz no bajó nunca

de espesa nube el rayo, cuando llueve

de aquel confín del cielo más remoto, 111



cual vi calar al pájaro de Júpiter, 112[L1006]

rompiendo, árbol abajo, la corteza,

las florecillas y las nuevas hojas; 114



e hirió en el carro con toda su saña;

y él se escoró como nave en tormenta,

a babor o a estribor de olas vencida. 117



Y luego vi que dentro se arrojaba

de aquel carro triunfal una vulpeja,

que parecía ayuna de buen pasto; 120[L1007]



mas, sus feos pecados reprobando,

mi dama la hizo huir de tal manera,

cuanto huesos sin carne permitían. 123



Y luego por el sitio que viniera,

vi descender al águila en el arca

del carro y la cubría con sus plumas; 126[L1008]



y cual sale de un pecho que se queja,

tal voz salió del cielo que decía

«¡Oh navecilla mía, qué mal cargas!» 129



Luego creí que la tierra se abriera

entre ambas ruedas, y salió un dragón

que por cima del carro hincó la cola; 132



y cual retira el aguijón la avispa,

así volviendo la cola maligna,

arrancó el fondo, y se marchó contento. 135[L1009]



Aquello que quedó, como de grama

la tierra, de las plumas, ofrecidas

tal vez con intención benigna y santa, 138



se recubrió, y también se recubrieron

las ruedas y el timón, en menos tiempo

que un suspiro la boca tiene abierta. 141[L1010]



Al edificio santo, así mudado

le salieron cabezas; tres salieron

en el timón, y en cada esquina una. 144[L1011]



Las primeras cornudas como bueyes,

las otras en la frente un cuerno sólo:

nunca fue visto un monstruo semejante. 147[L1012]



Segura, cual castillo sobre un monte,

sentada una ramera desceñida,

sobre él apareció, mirando en torno; 150[L1013]



y como si estuviera protegiéndola,

vi un gigante de pie, puesto a su lado;

con el cual a menudo se besaba. 153[L1014]



Mas al volver los ojos licenciosos

y errantes hacia mí, el feroz amante 155[L1015]

la azotó de los pies a la cabeza. 156



Crudo de ira y de recelos lleno,

desató al monstruo, y lo llevó a la selva,

hasta que de mis ojos se perdieron 159

la ramera y la fiera inusitada. 160[L1016]